Tres de cada cuatro españoles reconocen la sandalia. Uno de cada siete sabe de quién es. La notoriedad de marca más baja de Europa para un producto que está en todas partes.
Escuchando a la gente apareció la razón, y no es pereza: nadie teclea en un buscador una palabra que no sabe pronunciar.
La salida lógica era defenderse —explicar la diferencia, señalar al imitador— y era la peor de todas, porque explicar por qué eres el original es admitir que hay duda.
Nadie copia al segundo. Doscientos cincuenta años de imitaciones no eran una herida. Eran un historial.
La pieza no necesitaba nada más: el producto, la marca y una fecha. Cuando llevas dos siglos y medio siendo la referencia, cualquier añadido te resta.
Cinco palabras que convierten el problema en currículum y ponen una fecha que ningún imitador puede escribir en su producto. Contra una palabra que nadie sabe pronunciar solo cabía ponerla enorme: la Gran Vía entera, con Callao, Rialto, Lope de Vega y Coliseum, más las lonas de Princesa y Ronda Universidad.
Birkenstock, con todas las letras, mostrándole a toda la Gran Vía quién era el original.
22,8 millones de impactos planificados.
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